jueves 12 de noviembre de 2009

Francesc de Carreras: 'El muro, los muros'

'El triunfalismo era comprensible en aquellos primeros tiempos. La caída del muro fue el símbolo definitivo del fracaso del sistema soviético y de una forma de entender el socialismo'.


La celebración del veinte aniversario de la caída del muro de Berlín, en general ha adolecido, a mi parecer, de un exceso de triunfalismo y de autosatisfacción por parte de Europa occidental, así como de un cierto simplismo en la interpretación de las causas de un cambio tan profundo y de tanta trascendencia.

Antes de seguir adelante, permítanme, sin embargo, dos acotaciones previas. Primera, no todos los cronistas y comentaristas merecen esta crítica; es el caso, entre otros y sin ir más lejos, de Rafael Poch y Andy Robinson en este periódico. Y, segunda, la caída del muro de Berlín – aquel día, aquella hora, aquel minuto – ha sido uno de los más bellos, grandes y emocionantes momentos del siglo XX en la siempre inacabada lucha por la libertad. Así pues, nostalgia cero. No obstante… Pasemos a explicar estos puntos suspensivos.

El triunfalismo y la autosatisfacción eran comprensibles en aquellos primeros tiempos. La caída del muro fue el símbolo definitivo del fracaso del sistema soviético y de una forma de entender el socialismo. Ahora bien, el comunismo soviético ya estaba desacreditado desde mucho antes entre las filas de la izquierda europea. Incluso los grandes partidos comunistas se habían distanciado hacía años de los soviéticos, en especial los italianos y también – aún en la clandestinidad - los españoles. Por tanto, lo que quedaba de la influencia soviética en la izquierda de los años 80 era la constatación de un Estado en plena decadencia, económica, tecnológica y política. El “hombre nuevo” comunista, la sociedad igualitaria y antiliberal basada en un nuevo concepto del ser humano, resultó ser una utopía errónea, peligrosa y, al fin, como todas las utopías cuando se intentan llevar a la práctica, totalitaria.

Pero esto ya se sabía antes de la caída del muro. Lo que éste realmente significó fue el fin de la guerra fría por defunción de una de las partes. Y este fin de la guerra fría no tuvo como consecuencia la paz sino otras guerras, la primera, casi inmediata, la guerra del Golfo. Con lo cual se comprobó que las muchas guerras de los años posteriores a 1945 no se debían al peligro soviético sino a otras causas y que la URSS era más excusa que otra cosa.

En efecto, los peligrosos enemigos de Occidente que sucedieron a los soviéticos fueron Sadam Hussein, después Milosevicht y, a partir de la tragedia de Nueva York, Bin Laden y Al Qaeda. Los dos primeros han muerto, el tercero está misteriosamente desaparecido y el cuarto es como una idea inmaterial sin base geográfica ni humana cierta. ¿No deberíamos empezar a considerar sospechoso que al desaparecer el enemigo soviético fabriquemos tan rápidamente nuevos enemigos, por cierto muy peculiares, tanto que empezaron sus actividades políticas en la CIA? No han sido, pues, veinte años de paz sino de guerra, de muchas guerras.

Pero además, en los relatos de estos días sobre la caída del muro se pone excesivo hincapié en el discurso de Reagan reclamando a Gorbachov que derribara el muro y en el error casual de un funcionario germano-oriental que no supo interpretar bien las palabras de su ministro y facilitó el paso entre las dos zonas berlinesas. Todo ello es cierto, pero anecdótico. La historia no se podría entender sin ciertas casualidades, como dijo el mismo Marx, pero estas casualidades no tendrían importancia alguna si no se dieran en un contexto determinado.

Visité brevemente la URSS a principios de los años ochenta, también algún otro país comunista de su entorno, hablé con profesores y funcionarios de un cierto rango, algunos pertenecientes al partido y, probablemente, también a la KGB. Además, tratabas lógicamente con los guías que te facilitaban las autoridades y con otras personas de la calle sin relieve público alguno. La sorpresa fue que nadie, absolutamente nadie, hablaba bien del régimen socialista, todo eran críticas, muy variadas y en direcciones diversas. Además, en todos había un ardiente deseo de cambio. Hacia dónde iría este cambio nadie lo sabía y, desde luego, no pienso que se pudiera imaginar lo que sucedió en los años 90, especialmente a partir de Yelsin.

Tuve en aquellas visitas la sensación de que todo ello se parecía mucho a la España de los años anteriores a la muerte de Franco: aquí, aún sin desear la democracia, hasta los franquistas hablaban mal de Franco. El régimen soviético, o el húngaro o el checo, también mostraban una profunda descomposición interior. En la Praga de 1982 participé, ya que pasaba por ahí, en una inesperada manifestación contra el régimen que discurrió durante varias horas por las calles del centro de la ciudad. Primero estaba organizada oficialmente y se reclamaba la paz (frente a la OTAN), después acabó pidiéndose la libertad y la democracia (contra el gobierno). La mayoría eran jóvenes: aquí también hacíamos cosas por el estilo antes de comenzar la transición.

Gorbachov, por tanto, no surgió de la nada: respondía a los deseos de muchos ciudadanos soviéticos y de buena parte de sus clases dirigentes. La caída de Gorbachov, la desintegración de la URSS y los años de Yelsin, fueron, sin embargo, una catástrofe económica, social y política. Y ahí tuvieron buena parte de responsabilidad las instituciones occidentales, algunos gobiernos y, sobre todo, empresarios, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Ahora dicen arrepentirse, cuando ya es tarde. Se acabó con un muro, se crearon otros muros. Tampoco de todo ello debemos estar satisfechos.

Francesc de Carreras Serra
Catedrático de Derecho Constitucional de la
Universidad Autónoma de Barcelona (U.A.B.).


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